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Dijous, 20 de febrer

La mas, ens ha fet arribar aquest article publicat a La Vanguardia d'ahir. Parla de la por. Ara no ho diem les formigues, que ho diu un expert...

Las fuentes del miedo


• Antes del ataque del 11-S, millones de norteamericanos ya eran víctimas de fobias, paradójicamente en un momento en que su país era muy seguro
• Proliferan las ventas de las llamadas “habitaciones de pánico”, refugios madriguera blindados, retratados en filmes como “Panic room”
• Andy Robinson es periodista, corresponsal de “La Vanguardia” en Nueva York


El incierto escenario mundial deriva en buena medida de una subjetividad potente, de un fenómeno que ha hecho eclosión en Estados Unidos tras el 11-S, aunque con raíces anteriores a la tragedia: la ansiedad patológica, el terror a todo lo que nos sea mínimamente extraño, aunque conviva con nosotros. Un obsesivo estado de alerta, un férreo enroque mental

ANDY ROBINSON - 19/02/2003
mes porLos canales de cable estadounidenses hicieron su agosto en febrero en su gran papel de portavoces de la cultura del miedo. Mientras la veterana presentadora de la CNN, Connie Chung, diseccionaba las preferencias sexuales de Michael Jackson, un icono naranja con las palabras “high alert” parpadeaba en la esquina de la pantalla reflejando la decisión de elevar el grado de la orwelliana “designación de condiciones amenazadoras”, el barómetro del peligro de un ataque terrorista. Joe Kernan, el broker reportero del canal bursátil CNBC, enlazó el miedo escénico en los mercados –en caída libre tras darse la alarma naranja– con su propia condición de padre: “Desde que tengo hijos mi vida entera ha sido marcada por el miedo”, confesó. Mientras, en una de las ruedas de prensa de la NASA, el jefe del programa “shuttle”, Ron Dittemore, conmocionado por la explosión del trasbordador Columbia, describió una comunidad que parecía el microcosmos de la insegura superpotencia: “En la NASA vivimos bajo la amenaza constante de que nos pase algún desastre”. Ya antes del 11-S y del código de color terrorista, Estados Unidos pasaba por lo que el sociólogo urbano Mike Davis, autor de “Dead cities” y “Ecology of fear”, califica como “años de ansiedad inexplicable”. Millones de ciudadanos eran presa de “miedos patológicos y fobias obsesivas ante las supuestas amenazas ocultas de helicópteros, negros, adolescentes psicópatas, preescolares satánicos, asteroides, enfermos de la rabia de la carretera, carteles de cocaína colombianos, virus informáticos…”, todos mediatizados por los cables del “breaking news”, la noticia que irrumpe. Otros miedos –al Ébola o a la llegada inminente de la abeja asesina de África– parecían la proyección de una angustia aún más profunda en el país de la esclavitud, tal y como advirtió el cineasta Michael Moore en su película sobre la cultura del miedo “Bowling in Columbine”.

Hollywood se apuntó a la “Halloween party” no solamente con películas de paranoia futurista como “Armageddon” o “Independence day” –reviviendo las metáforas de la ciencia ficción de la posguerra y del macarthismo– sino con obras más sutiles de miedos ocultos como “Atracción fatal” o “Traffic”. En las universidades, los llamados “estudios sobre el miedo” –la “sociophobics”, según se conoce la nueva disciplina– , se convirtieron en “la especialización más solicitada de las facultades de Sociología” –dice Davis– y “decenas de intelectuales gastaban tinta en estudios sobre la sociedad del riesgo, la plaga de la paranoia o la amígdala, el centro de la ‘rueda de miedo en el cerebro’”.

Lo más extraño del miedo endémico que se transmitía y se contagia por pantallas pequeñas y grandes en los noventa era que EE.UU., “en realidad, se había vuelto bastante más seguro”, según dijo en una entrevista Barry Glassner, especialista en “sociophobics” de la Universidad de California, cuyo libro “The culture of fear” (La cultura del miedo) es un best-seller de “Los Angeles Times”. Las tasas de delincuencia violenta y asesinatos se desplomaron en las grandes ciudades entre 1990 y 2000. El crack y la heroína –las plagas de los ochenta– dejaron de ser drogas de uso masivo. Hasta se había avanzado a pasos agigantados en la lucha contra enfermedades como el sida y el cáncer, fuentes de miedos incontables. Pero a finales de la década dos tercios de la población aún creían que el problema la delincuencia se agravaba y el 90% pensaba que la crisis de la droga “estaba fuera de control”. “Nos dieron un final feliz y nosotros escribimos una historia de desastre”, afirmó Glassner.

Luego, en septiembre del 2001, tras un verano de reportajes terroríficos sobre los tiburones asesinos en Florida, el desastre llegó de verdad. Los atentados del 11-S llegaron a las pantallas estadounidenses como “cine épico de terror con un cuidado meticuloso en la puesta en escena”, ironiza Davis en “Dead cities”. El resultado –continúa– recuerda la sensación de confusión que sufren “los hipocondriacos cuando se contagian de la enfermedad que más temían”. Inmediatamente después de los atentados, sostiene Glassner, hubo alguna consecuencia positiva: “Desaparecieron de los medios las amenazas falsas , los miedos fabricados, en una nueva narrativa de unidad nacional”, dice. Pero, en realidad, la nación se unió en su miedo colectivo disfrazado con un “barras y estrellas” colgado del balcón y agudizado por las constantes advertencias desde la Casa Blanca y los cientos de cabezas parlantes televisivas sobre la amenaza de ataques con armas químicas o biológicas. Ahora –dice Glassner– “hay un exagerado sentido de riesgo individual (…); incluso si se producen más atentados terroristas en EE.UU. el riesgo estadístico de ser víctima es mínimo”. Paradójicamente –añade– “cuando la gente tiene miedo y opta por conducir en vez de viajar en avión o aislarse en su vivienda o comprar una pistola, corre más peligro de que le pase algo más prosaico”.

La cultura del miedo tiene sus “beneficiarios”, coinciden los expertos en “sociophobics”. La psicosis que se extendió en torno a la droga y la violencia en los noventa alimentó la revolución conservadora de Newt Gingrich y legitimó la normalización de la pena de muerte y la encarcelación de decenas de miles de jóvenes afroamericanos, dice Glassner. Ahora, es el “factor miedo” lo que garantiza el apoyo mayoritario a la Administración en su apuesta por bombardear Iraq, según sostiene Noam Chomsky, de la Universidad de Harvard. Si no existiera el miedo “en Estados Unidos, el apoyo a la guerra sería más o menos igual que en otros países”, dijo Chomsky en un discurso en Porto Alegre.

Asimismo, crece la llamada “economía del miedo” –según el calificativo de la revista “Fortune”– nutrida por el enorme presupuesto del nuevo Departamento de Seguridad Nacional, que empieza a contratar a miles de empresas proveedoras, desde firmas de Silicon Valley especializadas en ciberseguridad hasta los “clusters” de biotecnología en Los Ángeles que fabrican defensas para las guerras de microbios. En un ámbito más amplio, un estado de “ansiedad permanente” puede ser muy bueno para el negocio, asegura Clotaire Rapaille, el psicólogo francés que asesoró a General Motors cuando este gigante desarrolló una gama cada vez más agresiva de todoterrenos, entre ellos el tanque adaptado Hummer, “Primero tomas Prozac, luego tomas McDonald's”, dice. “El miedo vende de todo –coincide Glassner–, desde urbanizaciones vigiladas y servicios de policía privada hasta jabones antimicrobio o anuncios en la CNN”. Desde el 11-S han subido sensiblemente las ventas de las llamadas “habitaciones de pánico”, refugios madriguera blindados que dieron materia para el filme “Panic room” con Jodie Foster, quizás la primera película del nuevo género de cine post-11-S. O, como dice en “Bowling in Columbine” el cantante de rock gótico Marilyn Manson, víctima de la cultura de miedo de los noventa al ser acusado por la derecha cristiana de ser responsable de la imaginaria ola de violencia en los colegios: “Se trata de una campaña de miedo y consumo (…); si mantienes a la gente con miedo consumirá más”.